Nadie pone una sirena frente a un suicidio. No hay luces intermitentes ni comunicados urgentes. Hay silencio. Un silencio cómodo. Porque el suicidio incomoda, y el del ludópata incomoda el doble: no encaja bien en el relato del “juego responsable”, ni en el marketing brillante de las apuestas como entretenimiento, ni en la idea social de que perder dinero es solo perder dinero.
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