Hay un momento —no siempre claro, no siempre espectacular— en el que el ludópata deja de ser solamente un jugador.
Ese momento no llega con sirenas ni titulares de diario.
Llega en silencio.

Hay un momento —no siempre claro, no siempre espectacular— en el que el ludópata deja de ser solamente un jugador.
Ese momento no llega con sirenas ni titulares de diario.
Llega en silencio.