Si le preguntas a un jugador cuántas veces dijo “esta fue la última”, probablemente no pueda responderte.
No porque no quiera.
Sino porque perdió la cuenta.

Si le preguntas a un jugador cuántas veces dijo “esta fue la última”, probablemente no pueda responderte.
No porque no quiera.
Sino porque perdió la cuenta.

Pedir perdón es bonito. Pero no vale si no viene con hechos.
El ludópata en abstinencia puede pedir perdón cien veces y seguir siendo el mismo: egoísta, desordenado, manipulador, irresponsable, evasivo.

Voy a decir algo que probablemente no guste a nadie.
Pero después de más de treinta años conviviendo con la ludopatía —con recaídas, con intentos de recuperación, con cientos de historias escuchadas— ya no tengo demasiado interés en quedar bien.
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Hay una escena que se repite con una precisión casi matemática. La pareja habla de la casa, de los hijos, del alquiler. El amigo intenta contarle algo importante. La madre pregunta cómo está. Y el ludópata escucha… pero no oye. Todo lo filtra por una sola pregunta silenciosa: “¿Y yo qué?”
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Hay una palabra que aparece antes de cada recaída y después de cada promesa. No es una palabra grande ni dramática. No es “nunca” ni “siempre”. Es más pequeña, más discreta, casi inocente. Es “pero”.
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