Antes, para apostar había que salir de casa.
Había que vestirse, caminar, tomar un taxi, entrar a un casino o a una sala de máquinas.
Había luces, gente, ruido, humo, miradas. Había un trayecto entre el impulso y la apuesta.

Antes, para apostar había que salir de casa.
Había que vestirse, caminar, tomar un taxi, entrar a un casino o a una sala de máquinas.
Había luces, gente, ruido, humo, miradas. Había un trayecto entre el impulso y la apuesta.

Voy a decir algo que probablemente no guste a nadie.
Pero después de más de treinta años conviviendo con la ludopatía —con recaídas, con intentos de recuperación, con cientos de historias escuchadas— ya no tengo demasiado interés en quedar bien.
(más…)