Hay un momento —no siempre claro, no siempre espectacular— en el que el ludópata deja de ser solamente un jugador.
Ese momento no llega con sirenas ni titulares de diario.
Llega en silencio.

Hay un momento —no siempre claro, no siempre espectacular— en el que el ludópata deja de ser solamente un jugador.
Ese momento no llega con sirenas ni titulares de diario.
Llega en silencio.

Antes, para apostar había que salir de casa.
Había que vestirse, caminar, tomar un taxi, entrar a un casino o a una sala de máquinas.
Había luces, gente, ruido, humo, miradas. Había un trayecto entre el impulso y la apuesta.

Si le preguntas a un jugador cuántas veces dijo “esta fue la última”, probablemente no pueda responderte.
No porque no quiera.
Sino porque perdió la cuenta.

Aquí viene la parte que escuece. La que separa al que se recupera del que se engaña.
Un ludópata en abstinencia que se niega a trabajar defectos de carácter es como un equipo que quiere ganar sin entrenar. Quiere el resultado, pero no quiere el proceso.
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Los grupos de autoayuda tienen algo curioso: cada uno desarrolla su propio idioma. No me refiero solo a las palabras, sino a los gestos, las pausas, los silencios dramáticos, los pequeños rituales que convierten una reunión en algo reconocible para quienes llevan tiempo ahí.
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