Antes, para apostar había que salir de casa.
Había que vestirse, caminar, tomar un taxi, entrar a un casino o a una sala de máquinas.
Había luces, gente, ruido, humo, miradas. Había un trayecto entre el impulso y la apuesta.

Antes, para apostar había que salir de casa.
Había que vestirse, caminar, tomar un taxi, entrar a un casino o a una sala de máquinas.
Había luces, gente, ruido, humo, miradas. Había un trayecto entre el impulso y la apuesta.

“Toqué fondo”.
La frase suena a cierre. A punto final. A lección aprendida.
Pero en la ludopatía, tocar fondo es una mentira elegante.

La ludopatía no entra gritando. No rompe puertas. No huele a alcohol ni deja marcas visibles en el cuerpo. La ludopatía entra con una sonrisa, con colores brillantes, con promesas pequeñas: “probá”, “es solo hoy”, “esta vez sí”.
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