La industria del juego repite una frase hasta el cansancio: “juego responsable”. Suena limpio, moderno, casi ético. El problema no es la frase; es lo que ocurre detrás. Porque cuando uno observa los datos reales, la pregunta incómoda aparece sola: ¿de verdad el negocio se sostiene con jugadores responsables… o con quienes ya no pueden parar?
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