Hay un momento —no siempre claro, no siempre espectacular— en el que el ludópata deja de ser solamente un jugador.
Ese momento no llega con sirenas ni titulares de diario.
Llega en silencio.

Hay un momento —no siempre claro, no siempre espectacular— en el que el ludópata deja de ser solamente un jugador.
Ese momento no llega con sirenas ni titulares de diario.
Llega en silencio.

Nadie quiere pronunciar la palabra. Se la esquiva con rodeos, con notas al pie, con frases de manual. Pero está ahí. Al final del camino. No como metáfora. Como número. Como cuerpo. Como silencio que queda cuando ya no hay deuda que explicar ni promesa que sostener.
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