Antes, para apostar había que salir de casa.
Había que vestirse, caminar, tomar un taxi, entrar a un casino o a una sala de máquinas.
Había luces, gente, ruido, humo, miradas. Había un trayecto entre el impulso y la apuesta.

Antes, para apostar había que salir de casa.
Había que vestirse, caminar, tomar un taxi, entrar a un casino o a una sala de máquinas.
Había luces, gente, ruido, humo, miradas. Había un trayecto entre el impulso y la apuesta.

Nadie pone una sirena frente a un suicidio. No hay luces intermitentes ni comunicados urgentes. Hay silencio. Un silencio cómodo. Porque el suicidio incomoda, y el del ludópata incomoda el doble: no encaja bien en el relato del “juego responsable”, ni en el marketing brillante de las apuestas como entretenimiento, ni en la idea social de que perder dinero es solo perder dinero.
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La ludopatía no entra gritando. No rompe puertas. No huele a alcohol ni deja marcas visibles en el cuerpo. La ludopatía entra con una sonrisa, con colores brillantes, con promesas pequeñas: “probá”, “es solo hoy”, “esta vez sí”.
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