Al principio no parece una adicción.
Parece estrés. Mala racha. Ambición.
Parece algo pasajero.
Las parejas de ludópatas suelen convertirse, sin darse cuenta, en contadoras, detectives, enfermeras emocionales y guardianes del desastre. No porque quieran controlar, sino porque alguien tiene que sostener lo que se cae.
El amor se vuelve vigilancia.
La confianza, cálculo.
La intimidad, cansancio.
Muchas parejas creen que si aman más, si acompañan más, si se mantienen firmes, la adicción va a aflojar. Error frecuente. La ludopatía no se calma con afecto: se adapta a él.
Y aparece una trampa silenciosa: vivir pendientes del otro, postergar la propia vida, justificar lo injustificable. Hasta que un día el espejo devuelve una imagen incómoda: ya no sos pareja, sos sistema de contención.
Este texto no demoniza al ludópata.
Pero pone algo en claro: amar no implica desaparecer.
Salir de ese lugar no es abandono.
Es supervivencia.




















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