Hay una idea muy instalada que hace daño:
que todo vínculo debe salvarse.
que insistir es madurez.
que soltar es fracaso.
En familias atravesadas por la ludopatía, esta idea se vuelve una trampa moral. Se espera que los hijos perdonen siempre. Que las parejas aguanten. Que los hermanos comprendan. Que nadie se vaya del todo, aunque quedarse implique romperse por dentro.
Pero no todos los vínculos están hechos para ser recuperados.
Algunos solo se sostienen a costa de uno mismo.
Aceptar esto es incómodo. Porque va contra el mandato familiar, social y cultural. Porque parece egoísta. Porque suena duro decirlo en voz alta: hay relaciones que no sanan, solo desgastan.
La ludopatía deja cicatrices. Algunas se reparan con límites claros y cambios reales. Otras no. Y cuando no hay responsabilidad, ni tratamiento sostenido, ni voluntad concreta de cambiar, insistir no es amor: es negación.
Soltar no siempre significa cortar contacto para siempre. A veces significa dejar de exponerse. Dejar de esperar. Dejar de justificar. Dejar de vivir con la fantasía de que “esta vez sí”.
Sanar también puede ser esto:
– aceptar la distancia
– redefinir el vínculo
– o admitir que no hay vínculo posible hoy
No todos los finales son fracasos.
Algunos son actos de lucidez tardía.
Y aunque duela, soltar puede ser la primera decisión verdaderamente propia después de años de vivir en función de la adicción ajena.




















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