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La ludopatía y el silencio del suicidio

“No es un impulso. No es una locura repentina. En la ludopatía, el suicidio suele ser una conclusión. Y seguir llamándolo ‘factor asociado’ es otra forma de mirar para otro lado.”

Nadie quiere pronunciar la palabra. Se la esquiva con rodeos, con notas al pie, con frases de manual. Pero está ahí. Al final del camino. No como metáfora. Como número. Como cuerpo. Como silencio que queda cuando ya no hay deuda que explicar ni promesa que sostener.

En la ludopatía, el suicidio no suele aparecer como causa. Aparece como “evento asociado”, como “factor de riesgo”, como “desenlace multifactorial”. Una coreografía lingüística prolija para no decir lo que pasa: que muchas personas no mueren a pesar del juego, sino por el juego. Porque el daño no fue solo económico. Fue identitario. Fue moral. Fue una demolición lenta del sentido de vivir.

El jugador no suele decir “quiero morir”. Dice otra cosa: “ya no tengo salida”, “no hay forma de arreglar esto”, “arruiné a todos”, “soy un problema”. Frases que no figuran en los protocolos de prevención, pero que son avisos claros. El suicidio, en estos casos, no llega como un impulso repentino. Llega como una conclusión. Como una contabilidad final: lo que se perdió, lo que no se puede devolver, lo que no se soporta seguir explicando.

Las estadísticas oficiales suelen separar. Suicidio por un lado. Adicciones por otro. Depresión en una tercera columna. Así, nadie es responsable de nada. El sistema respira tranquilo. Pero en la vida real esas columnas se pisan, se mezclan, se encadenan. El jugador endeudado, aislado, expuesto, avergonzado, sin credibilidad ni futuro visible, no encaja en una casilla. Encaja en una urgencia.

El mayor problema no es que el suicidio ocurra. Es que se vuelva previsible y aun así invisible. Que nadie quiera mirar de frente esa pendiente. Que se siga hablando de “juego responsable” mientras se cuentan cadáveres en voz baja. Que se trate la ideación suicida como un tema psiquiátrico aislado, cuando muchas veces es una respuesta desesperada a una trampa estructural.

Decirlo sin eufemismos no salva vidas por sí solo. Pero deja de mentir. Y dejar de mentir es el primer acto serio de prevención. Porque si el final existe —y existe—, entonces todo el recorrido anterior importa. Y mucho.

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