Voy a decir algo que probablemente no guste a nadie.
Pero después de más de treinta años conviviendo con la ludopatía —con recaídas, con intentos de recuperación, con cientos de historias escuchadas— ya no tengo demasiado interés en quedar bien.
Durante años participé en grupos de autoayuda para jugadores. Algunos muy conocidos. Otros más pequeños. Salones prestados, iglesias, centros barriales. Siempre el mismo ritual.
Un círculo de sillas.
Un mate o un café.
Y la ronda.
—Hola, soy Juan, soy jugador. Llevo 43 días limpio.
—Hola, soy Pedro, soy jugador. Llevo 7 meses sin apostar.
—Hola, soy Luis, soy jugador. Llevo 2 años de recuperación.
Aplausos.
Cabezas que asienten.
Alguna frase de ánimo.
Y así semana tras semana.
Al principio pensé que aquello era el primer paso de algo más profundo. Que después vendría la parte importante: entender qué demonios nos había pasado en la cabeza.
Pero no.
Ese paso nunca llegaba.
La alergia a entender
Con el tiempo empecé a notar algo inquietante.
La inmensa mayoría de los jugadores no tenía ningún interés en entender la ludopatía.
No querían saber qué ocurre en el cerebro cuando una persona apuesta compulsivamente.
No querían saber cómo funcionan los mecanismos de refuerzo intermitente.
No querían saber por qué la dopamina convierte una pérdida en una promesa.
Ni hablar de psicología.
Si uno mencionaba terapia cognitivo-conductual, psicoanálisis, neurociencia o estudios clínicos sobre adicciones conductuales… las caras se transformaban.
No era curiosidad.
Era incomodidad.
Como si estuvieras arruinando el clima.
Porque el objetivo real parecía ser otro: venir, sentarse, contar los días sin apostar y volver a casa.
Nada más.
El contador de días
En muchos grupos la recuperación termina reducida a un número.
17 días.
82 días.
1 año.
3 años.
Una especie de marcador moral.
Cuanto más alto el número, más respeto dentro del grupo.
El problema es que la mente del jugador sigue exactamente igual.
La obsesión sigue ahí.
Las fantasías de recuperar el dinero siguen ahí.
La memoria selectiva sigue ahí.
Lo único que cambia es que durante un tiempo no se apuesta.
Pero el sistema mental que llevó a la adicción permanece intacto.
Es como dejar de fumar mientras uno sigue soñando con cigarrillos todos los días.
No es recuperación.
Es abstinencia.
La generación de cristal también llegó a las adicciones
Lo más sorprendente es lo que pasa cuando alguien cuestiona esto.
Porque alguna vez lo hice.
Con educación.
Con argumentos.
Con libros en la mano.
Propuse algo simple:
“¿Y si empezamos a estudiar un poco qué es la ludopatía?”
Silencio.
Luego incomodidad.
Luego irritación.
Y finalmente algo que se repite mucho en estos tiempos: la ofensa.
Algunos reaccionan como si hubieras atacado su identidad.
Como si cuestionar el método fuera una agresión personal.
La lógica parece ser esta:
“No me compliques.
Déjame contar mis días y sentir que estoy mejor.”
El resultado que nadie quiere mirar
Después de décadas viendo grupos de jugadores, hay una conclusión que resulta incómoda.
De los cientos de jugadores que conocí, no recuerdo ni uno solo que haya superado realmente la ludopatía.
Muchos dejaron de apostar durante meses.
Algunos durante años.
Pero tarde o temprano volvieron.
Porque la estructura mental seguía ahí, intacta, esperando.
El jugador que no entiende su adicción está condenado a convivir con ella como con una bomba desactivada… que en cualquier momento vuelve a activarse.
El regreso a otro grupo… y el mismo guion
Hace poco entré a un grupo nuevo, en Argentina.
Pensé que tal vez algo habría cambiado.
Han pasado décadas.
La información sobre ludopatía hoy es enorme.
La psicología avanzó muchísimo.
Pero no.
La escena era la misma.
Las sillas.
Los días de abstinencia.
Las frases de siempre.
Y la misma resistencia a comprender.
Informarse no es soberbia
A veces me dicen que querer entender la adicción es “intelectualizar el problema”.
Puede ser.
Pero prefiero eso antes que permanecer voluntariamente en la ignorancia.
Porque la ludopatía no es un problema de fuerza de voluntad.
Es un sistema mental muy específico.
Un circuito de recompensa alterado.
Una distorsión cognitiva persistente.
Y si uno no entiende cómo funciona esa maquinaria… termina volviendo a caer dentro de ella.
Tal vez la verdadera recuperación empieza incómoda
Tal vez la recuperación real no empieza cuando uno deja de apostar.
Tal vez empieza cuando uno se hace preguntas incómodas.
Cuando empieza a estudiar.
Cuando se enfrenta a sus propios mecanismos mentales.
Cuando deja de buscar consuelo… y empieza a buscar comprensión.
Eso no es tan cómodo como contar días.
Pero tal vez sea lo único que realmente cambia algo.
Porque si algo aprendí después de tantos años es esto:
La ludopatía se alimenta de ignorancia.
Y curiosamente, muchos jugadores parecen muy comprometidos en mantenerla viva.




















Deja un comentario