En muchas familias con ludopatía hay un protagonista claro: el jugador.
Y alrededor, satélites.
Los hermanos suelen ocupar un lugar incómodo: no son el problema, pero viven dentro del problema. Aprenden rápido a no molestar, a no pedir, a no necesitar.
Mientras uno concentra la atención, el otro se vuelve invisible.
Ese rol deja marcas: dificultad para reclamar espacio, tendencia a minimizar lo propio, sensación de que siempre hay alguien más urgente que uno mismo.
Nadie les pidió sacrificarse.
Pero lo hicieron igual.
Reconocer ese lugar no es victimizarse.
Es recuperar presencia.




















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