Hay una palabra que aparece antes de cada recaída y después de cada promesa. No es una palabra grande ni dramática. No es “nunca” ni “siempre”. Es más pequeña, más discreta, casi inocente. Es “pero”.
El adicto dice que quiere cambiar, pero no hoy. Quiere ayuda, pero sin que nadie lo controle. Acepta que tiene un problema, pero cree que el suyo es distinto. Ese “pero” no es una simple muletilla del lenguaje: funciona como una bisagra psicológica que le permite sostener dos versiones incompatibles de sí mismo. La que desea avanzar y la que todavía negocia con el impulso.
Desde afuera puede sonar a excusa. Desde adentro, en cambio, se vive como una sensación de equilibrio frágil. El adicto intenta mantener su identidad sin renunciar del todo al comportamiento que lo define. El “pero” aparece entonces como un mecanismo de protección. Reduce la ansiedad del cambio total. Permite sentir que se está avanzando sin abandonar por completo la vieja lógica.
El problema es que el “pero” prolongado desgasta. Cada frase que comienza con una afirmación positiva y termina con una excepción deja abierta una puerta. “Voy a dejar de apostar, pero solo este fin de semana”. “No voy a mentir más, pero no puedo contar todo”. Con el tiempo, el lenguaje revela algo más profundo: una negociación constante con la propia conciencia.
En muchos procesos de recuperación se observa que el cambio real empieza cuando el “pero” pierde fuerza. No desaparece de golpe. Se vuelve más corto, menos convincente. El adicto comienza a detectar sus propias trampas semánticas. Se escucha decir “sí, pero…” y se da cuenta de que está repitiendo el mismo guion de siempre. Ese momento de lucidez suele ser incómodo. También es uno de los más honestos.
No se trata de prohibir la duda. El cambio genuino incluye ambivalencia, miedo y resistencia. El riesgo aparece cuando el “pero” deja de ser una expresión de conflicto interno y se convierte en una estrategia fija para evitar decisiones. En ese punto, el lenguaje deja de describir la realidad y empieza a justificarla.
Hay familias que también caen en su propio “pero”. Quieren ayudar, pero no quieren involucrarse demasiado. Exigen resultados, pero evitan revisar sus propias dinámicas. Así, el sistema completo se vuelve experto en posponer lo inevitable.
Quizás el desafío no sea eliminar el “pero”, sino escucharlo con precisión. Preguntarse qué está protegiendo y qué está retrasando. En algunos casos, el adicto descubre que detrás de esa palabra hay miedo a perder una identidad construida durante años. En otros, hay simplemente hábito: una forma automática de hablar que refleja una forma automática de vivir.
Cuando el “pero” se reduce, el discurso cambia. Aparecen frases más simples, menos ornamentadas. “Necesito ayuda.” “Hoy no apuesto.” No suenan heroicas. Tampoco necesitan sonar así. En recuperación, la claridad suele ser más efectiva que la épica. Porque, al final, el mayor enemigo del cambio no siempre es la negación frontal, sino esa pequeña palabra que permite seguir igual mientras parece que todo está por empezar.




















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