• El día que dijo “tengo un problema” y yo respiré aliviada

    El día que dijo “tengo un problema” y yo respiré aliviada

    (Lo que no sabía es que el reconocimiento no era la cura, solo el principio de otra batalla)

    Lo recuerdo como si fuera ayer.

    Él se sentó frente a mí, con la cabeza gacha, y soltó las palabras que llevaba años esperando: “Tengo un problema. Necesito ayuda”.

    Lloré. De alivio, de emoción, de esperanza. Por fin. Por fin nombraba lo que nos estaba devorando. Por fin dejaba de echarle la culpa al banco, al jefe, a la mala suerte. Por fin.

    En ese momento, estaba tan feliz que no me di cuenta de algo importante: nombrar la enfermedad no es curarla. Es solo el primer paso. Y entre el primer paso y el último, hay un camino lleno de agujeros.

    Él empezó a ir al psicólogo.

    Y ya está. No pasó nada más.

    Porque ir no significó mejorar. Las sesiones llegaban y se iban. Él volvía a casa con la misma cara, los mismos silencios, las mismas ausencias por la noche. La máquina seguía ganando.

    Yo, que había respirado aliviada el día que reconoció su problema, volví a contener el aire. Otra vez esperando. Otra vez preguntándome si esta vez sería diferente. Otra vez viendo que no.

    El psicólogo no hizo el milagro. Supongo que los milagros no existen en esto.

    Pasaron los meses. Él seguía yendo. Yo seguía esperando. Hasta que un día me cansé de esperar. No porque dejara de quererlo, sino porque entendí que mi espera no lo salvaba y a mí me estaba hundiendo.

    Hoy pienso en aquel día. En aquel “tengo un problema” que sonó como una puerta que se abría. Y en cómo, poco a poco, esa puerta volvió a cerrarse.

    Reconocer el problema es necesario. Pero no basta. Hace falta algo más. Un sostén que no dependa de una hora a la semana. Algo que te agarre cuando el terapeuta no está y la tentación sí.

    Eso es lo que no tuvimos. Eso es lo que ahora existe.

    Y eso es lo que me duele: saber que aquel día de alivio pudo haber sido un verdadero comienzo. Pero se quedó solo en eso: un día.