Mi barrio no es malo. Es de toda la vida. Tiene la farmacia de siempre, el kiosco donde compraba chicles de niño, el supermercado chino que abre hasta tarde y, desde hace unos años, tres casas de apuestas en menos de quinientos metros. Una al lado del parque donde llevaba a mis hijos, otra frente al instituto, otra escondida en una galería comercial medio vacía.
Cuando llegó la pandemia, cuando el mundo se paró, recuerdo salir a la calle con el paseo del perro y ver todas las persianas echadas. Las bajaron los bares, las bajaron las tiendas de ropa, las bajaron los gimnasios. Todo el mundo a hacer un esfuerzo colectivo, decían. Todos a casa, a protegernos, a cuidarnos.
Pero las persianas de los locales de apuestas no bajaron del todo. Durante semanas, en aquel silencio absurdo de marzo y abril de 2020, vi luces encendidas tras las cortinas metálicas entreabiertas. Gente que entraba de dos en dos, con mascarilla, como si fueran a un acto clandestino. Y en cierto modo lo era. Mientras los trabajadores esenciales eran los sanitarios y los reponedores, ellos eran esenciales para nadie. Para nadie que importara.
No les cerraron. ¿Saben por qué? Porque detrás de esas persianas hay mucho dinero. Porque el negocio del sufrimiento ajeno, como el de la usura, siempre encuentra la manera de colarse. Mientras un camarero perdía su negocio de toda la vida, la ruleta seguía girando en una trastienda. Mientras una madre sola no podía llevar a sus hijos al parque, había tipos sentados delante de una pantalla perdiendo el poco dinero que les quedaba, porque el vacío del confinamiento se llenaba peor que con alcohol: con la adrenalina de una prórroga falsa.
Yo lo sé porque fui uno de ellos. No en pandemia, porque por entonces ya llevaba dos años en los grupos. Pero conozco a quien cayó en esa trampa. Tipos que empezaron a jugar online encerrados en su casa, creyendo que era un entretenimiento, y cuando quisieron despertar, el despido había llegado, el ERTE había terminado y la deuda estaba ahí, esperando.
En los grupos de apoyo, hablamos mucho de la responsabilidad personal. Es el primer paso. Pero también hablamos de lo que nos rodea. De cómo es imposible criar a un hijo sano en un ambiente contaminado. De cómo no puedes pedirle a un alcohólico que se recupere si vive encima de una bodega. Y nosotros, en nuestros barrios, vivimos encima de bodegas. Bodegas con luz de neón y olor a fritanga, donde nunca es de día y siempre es domingo por la noche.
La Terapia Cognitivo-Conductual me enseñó a identificar los desencadenantes externos. El local de apuestas es el más obvio. Pero, ¿cómo esquivas un desencadenante cuando está en cada esquina? Cuando sacas al perro y lo ves, cuando vas a comprar el pan y lo ves, cuando tu hijo vuelve solo del colegio y pasa por delante. El mindfulness me ayuda a mí, a Carlos, a no entrar. Pero no le ayuda al chaval de 17 años que aún no tiene herramientas, que ve luces y cree que es un sitio de mayores, de éxito, de dinero fácil.
La próxima vez que pases por uno de esos locales, míralo bien. Fíjate en quién entra. Luego mira quién sale media hora después. Luego pregúntate: ¿eso es ocio? ¿Eso es entretenimiento? ¿Por qué cuando todo cerró, ellos no? Y si la respuesta te incomoda, bienvenido al club. A mí también me incomoda. Por eso lo cuento.
Si esto te ha removido algo, si en tu barrio también hay más casas de apuestas que centros cívicos, comparte. Y si quieres, deja un comentario. Cuéntame dónde vives, qué ves. A veces, ponerle nombre a las calles también es empezar a sanar.




















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