Hay una pregunta que siempre vuelve en los grupos de apoyo, cuando alguien nuevo se sienta en el círculo y empieza a soltar su mochila. La pregunta es: “¿Por qué sigues si sabes que vas a perder?”. Y el novato siempre responde lo mismo, con distintas palabras: “Porque ya no me importa”.
Eso, amigos, es la madre del cordero. Porque la ludopatía no va de querer ganar. Va de querer perder. Va de sentarse delante de una máquina o una pantalla y decir: “Venga, termínalo. Termina conmigo de una vez”.
Yo llegué a ese punto. No fue al principio, cuando aún pensaba que controlaba. Fue después, cuando las deudas eran un agujero negro y las mentiras un idioma materno. Llegué una noche de invierno, solo en un local de apuestas deportivas de la periferia, con el último billete de 20 euros en el bolsillo. No fui a buscar el milagro. Fui a buscar la puntilla. Quería perderlo todo, quedarme a cero, para tener una excusa. La excusa para hacer algo más grave cuando saliera por la puerta.
Eso es lo que no se cuenta. Que el juego no es solo una adicción, es un mecanismo de autolesión. Es como cortarse, pero con intereses. Es mirarse al espejo y decir: “Mereces esto. Mereces estar aquí, solo, arruinado, viendo cómo el Madrid mete un gol que te cuesta 20 euros que no tenías”. El castigo es el ritual. La apuesta es la sentencia.
En terapia cognitivo-conductual, a esto le llaman distorsiones cognitivas con nombre y apellido. Pensamiento catastrófico, indefensión aprendida, autoestima bajo cero. Pero en el barro, en el día a día, se llama odiarse a uno mismo. Y el odio es un combustible muy potente. Te mantiene despierto, te mantiene en marcha, te mantiene apostando. Porque mientras apuestas, te castigas. Y mientras te castigas, de algún modo retorcido, te haces justicia.
El problema es que esa justicia no la firmó nadie. Te la impones tú, y arrastras a los tuyos. Mi mujer no me odiaba entonces. Yo me odiaba por ella. Mis hijos no me juzgaban. Yo me juzgaba por ellos. Y en ese juicio paralelo, yo era juez, jurado y verdugo. Y el reo siempre perdía.
¿Cómo se sale de ahí? No fue fácil. No fue una revelación. Fueron pequeños actos de traición a ese odio. El primero, aceptar una invitación a un grupo de apoyo. Sentarme en una silla de plástico y escuchar a un desconocido decir exactamente lo mismo que sentía. El segundo, hacer caso al terapeuta cuando me dijo: “Carlos, el perdón no es para los demás. El perdón es para ti. Si no te perdonas, no hay máquina que no te gane”.
Y el tercero, el más difícil, fue aprender a parar antes de saltar al vacío. El mindfulness me enseñó algo que parece una tontería: a sentir el odio sin juzgarlo. Cuando venía la oleada, esa voz que decía “destrúyete, apuesta, termínalo”, yo aprendí a sentarme, respirar y decir: “Ahí estás otra vez. Pasa, siéntate, pero no te voy a hacer caso”. La primera vez que lo hice, lloré como un niño. No de tristeza. De alivio. Porque por primera vez en años, yo mandaba sobre el odio, y no al revés.
Hoy sé que el impulso de autodestrucción no desaparece del todo. Vive ahí, en un rincón, como ese vecino molesto que de vez en cuando pone la música alta. Pero ya no le abro la puerta. Ya no le invito a pasar. Y cuando llama, tengo un teléfono donde llamar o mensajear, tengo tres respiraciones y tengo la certeza de que no merezco el castigo que yo mismo me quería imponer.
Si tú estás ahí, si apuestas porque crees que te lo mereces, quiero decirte algo: no es verdad. La persona que merece castigo no existe. Es un fantasma que te ha construido la adicción. El de verdad, el que puede salir de esto, está esperando a que le des una oportunidad. Solo una.
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