Categoría: Testimonios de apostadores

  • La comodidad de no entender nada

    La comodidad de no entender nada

    Voy a decir algo que probablemente no guste a nadie.

    Pero después de más de treinta años conviviendo con la ludopatía —con recaídas, con intentos de recuperación, con cientos de historias escuchadas— ya no tengo demasiado interés en quedar bien.

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  • El hombre que nunca había visto: cuando el premio huele a trampa

    El hombre que nunca había visto: cuando el premio huele a trampa

    Llevaba dos años yendo al mismo local de apuestas cuando pasó. No era un casino de postín, era un sitio de barrio, de esos con olor a lejía y a tabaco rancio, con cuatro máquinas, una pantalla gigante y cuatro terminales para jugar al lotero. Los habituales éramos siempre los mismos. El jubilado que echaba la quiniela, el conductor de autobús que rascaba cupones, los desesperados como yo que nos turnábamos las máquinas. Una familia de perdedores, vaya.

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  • Cuando la ruleta eras tú: apostar para destruirse

    Cuando la ruleta eras tú: apostar para destruirse

    Hay una pregunta que siempre vuelve en los grupos de apoyo, cuando alguien nuevo se sienta en el círculo y empieza a soltar su mochila. La pregunta es: “¿Por qué sigues si sabes que vas a perder?”. Y el novato siempre responde lo mismo, con distintas palabras: “Porque ya no me importa”.

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  • Cuando la ruleta no paró: la otra pandemia en nuestros barrios

    Cuando la ruleta no paró: la otra pandemia en nuestros barrios

    Mi barrio no es malo. Es de toda la vida. Tiene la farmacia de siempre, el kiosco donde compraba chicles de niño, el supermercado chino que abre hasta tarde y, desde hace unos años, tres casas de apuestas en menos de quinientos metros. Una al lado del parque donde llevaba a mis hijos, otra frente al instituto, otra escondida en una galería comercial medio vacía.

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  • El día que dejé de ser padre para ser “el ludópata”

    El día que dejé de ser padre para ser “el ludópata”

    Hay fechas que se te graban a fuego. No por lo que significaron en el momento, sino por lo que destaparon después. La mía es un martes 13 de octubre. No es literatura, es un parte médico. Ese día, mi hijo menor, que entonces tenía 12 años, le dijo a su madre delante de mí: “Mamá, ¿papá ya no nos quiere?”.

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