La frase suena tranquila. Segura. Casi madura. Y, sin embargo, es una de las mentiras más peligrosas que circulan en el mundo de las adicciones.
Porque no se dice desde la soberbia. Se dice desde el cansancio. Desde el miedo. Desde la necesidad urgente de creer que ya se hizo lo suficiente.
Ir a un grupo ayuda. Mucho. Sostiene. Contiene. Ordena los primeros días del caos. Nadie serio lo discute. El problema aparece cuando el grupo deja de ser una herramienta y pasa a ser un escondite.
Asistir no es transformarse. Escuchar no es cambiar. Repetir consignas no es revisar la propia conducta.
Muchos jugadores en abstinencia confunden presencia con progreso. Van. Se sientan. Hablan. Se emocionan. Salen aliviados. Y vuelven a la misma vida, con las mismas reacciones, los mismos impulsos, las mismas trampas mentales de siempre.
El grupo calma. Pero no corrige automáticamente.
La ludopatía no es solo jugar. Es mentir con naturalidad. Es negociar con uno mismo. Es justificar lo injustificable. Es victimizarse cuando conviene y desaparecer cuando hay que hacerse cargo. Todo eso sigue intacto si no se trabaja de forma consciente.
Hay algo todavía más incómodo: el grupo puede convertirse en una coartada moral.
“Estoy yendo.”
“Estoy haciendo algo.”
“Estoy mejor.”
Y mientras tanto, no se revisa el carácter. No se trabaja la impulsividad. No se enfrentan los patrones de pensamiento que llevaron a perder dinero, vínculos, tiempo y dignidad.
La abstinencia sin transformación es frágil. Vive de prestado. Aguanta mientras no haya demasiada presión. Hasta que un día aparece el cansancio, un problema económico, una discusión, una excusa mínima… y el castillo se cae.
No porque el grupo haya fallado. Sino porque se le pidió que hiciera el trabajo que nadie más quiso hacer.
Cambiar duele más que asistir. Implica revisar cómo se miente, cómo se manipula, cómo se evade la responsabilidad. Implica aceptar que dejar de jugar no alcanza si se sigue viviendo como jugador.
Los grupos son un piso. No un techo.
La recuperación real empieza cuando el adicto deja de preguntarse “¿con qué me alcanza?” y empieza a preguntarse “¿qué de mí sigue siendo igual que antes?”.
Ahí es donde muchos se levantan y se van.
Ahí es donde empieza el verdadero trabajo.




















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